| CALAFELL |
Los habitantes de Calafell, como los del todo el Mediterráneo y, cabría decir, como los de la mayor parte de la península ibérica, vieron llegar a los romanos, los árabes, los señores feudales (tanto nobles como eclesiásticos), las guerras con el inglés, con el francés, entre los propios monarcas, la guerra civil y, al fin, los turistas. Todos fueron dejando su impronta.
El conjunto estuvo abandonado hasta los años 80. En la actualidad el castillo y la iglesia están restaurados y, igual que en la Ciutadella, con la ayuda de los modernos guías-turísticos en forma de cinta grabada, es posible la visita al recinto, a la iglesia románica que conserva parte de sus pinturas, al aljibe y, sobre todo, ver desde el más alto el bosque, la llanura cultivada y la playa urbanizada, mientras se comprenden las características de su pequeña historia. Se ocupa de su conservación el Patronato Fundación del Castillo de Calafell, que gestiona asimismo todo el patrimonio histórico de la localidad, la Torre de Viola, por ejemplo, medieval, rectangular, que conserva algunos muros de protección. En la actualidad, el municipio de Calafell se encuentra delimitado en tres zonas muy bueno diferenciadas. En la parte de arriba (el pueblo propiamente este) el núcleo de viviendas se arracima, en calles estrechas y pinas, en descenso desde el castillo y la vieja iglesia. En la parte de bajo, la cual antaño fue marinera, está convertida en zona turística por excelencia. La tercera es Seguro. Y todavía haría falta mencionar las masías, unas integradas en los caseríos y otras no. La Masía de la Noria *del siglo XIX, mantiene todavía las instalaciones de destilería para la producción de aguardiente. La Masía de la Graiera aparece documentada desde la alta Edad Media. Y el Cortijo’de l Espada. Hace falta mencionar Montpaó, despoblado desde los años cincuenta, que lleva el apellido de una familia noble de l’Alt Camp. Algunos historiadores aventuran que podría tratarse del primitivo enclave de Calafell. Permanece su nombre en un torrente. Durante años la costa de Calafell, como toda la Dorada, estuvo dedicada a la pesca. Las tiendas (de las cuales hablaremos) fueron empleadas como almacén, después de que los pescadores que vivían en ellas pudieran hacerse con viviendas más cómodas. Datan de la primera mitad del XVIII, y la primera referencia aparece en el Libro de cuentas del lloch de Calafell (1720-1732). Estaban distribuidas en dos trajos o tramos simétricos: lo trajo de Levante y lo trajo de la Espineta, en este último todavía pueden verse dos. En todas las casas marineras había, enterrada, la piedra del rayo, para evitar maleficios. Tiene forma de hacha neolítica (tal vez alguna sea un hacha de esta época) pero sin pulimentar. Nadie mejor que el poeta y editor Carlos Barral para expresar, y de manera literaria, como eran estas playas. Las dos únicas tiendas que todavía permanecen en pie fueron adquiridas por su familia, están juntas, y en una de ellas, adquirida por el Ayuntamiento a su viuda Ivonne Hortet, se conservan sus cosas más preciadas. “Calafell era el mito de la infancia feliz (...) el paisaje y la historia de dónde procedían todos mis secretos y las recetas particulares de mi manera personal de existir (...) Calafell se convertía en el lugar litúrgico del culto al padre desaparecido (...) En el sacro recuerdo, el padre figuraba como el genio de Calafell y de toda aquella costa todavía no descubierta por las capas representativas de la burguesía barcelonesa (...) Mi familia se instaló en Calafell en 1928, año que yo nací, durante un par de veranos, provisionalmente, en una casa de alquiler, la de la Borregueta, casi en la desembocadura en el mar de la carretera, y después en una casa que compraron, en la misma arena, enfrente del mar. La casa que yo paso todavía mi tiempo libre”. Dejamos que sea él, marinero impenitente, quien describa las casitas de la orilla del mar. “Las tiendas de los marineros calafellenses eran casi todas iguales. La mayoria eran casitas de dos plantas, con las habitaciones en el piso de arriba y la cocina y el almacén en la planta baja. Estaban abiertas a la arena por delante y a las viñas por trasero mediante una pequeña galería. Generalmente tenían un árbol dónde se ataba la cabra que proveía leche, unas conejeras y un lavadero de piedra que servía tanto para limpiar como para teñir redes y cabezas. En la planta baja solía haber dos cocinas, una cerca de la puerta de salida y a pie de escalera que constituía el comedor de invierno. La otra, cerca de la puerta de la galería, era donde se cocinaba en verano. En esta planta sin tabiques la mayor parte del espacio lo ocupaba el (tablado), plataforma encima de la cual se guardaban las velas y las redes y palangres nuevos. Encima y bajo el (tablado) vivían los gatos, que aseguraban la absoluta protección de las lonas y el hilo de algodón de las posibles ratas. Las tribus de gatos vivían en régimen de simbiosis con la tribu marinera. Se alimentaban cotidianamente de los deshechos de pescado que no se vendía. Era frecuente ver a la llegada de los vacaires procesiones de gatos saliente de las casas hacia las barcas, en busca de deshechos (…)”. Paraíso perdido! |