SANTA OLIVA

Antes de que el castillo, se conoce por un documento del año 938 la existencia de la iglesia de Santa Oliva, cuando el rey Luciera d’Ultramar ( Luis IV de Ultramar (Reims, 954). Rey de Francia (936-954). Hijo de Carlos el Simple.), confirmó las posesiones del Monasterio de Ripoll. Unos años después, en el 974, el obispo de Barcelona dirigió la repoblación de parte de la Catalunya Nueva, otorgando privilegios para facilitar la instalación de labradores y defensores de las tierras. En 986, Borrell II reclamaba una vez más la repoblación de Santa Oliva.

En 1012 a través de un escrito, el abad de Santo Cugat concedió el castillo a Isnabert para la repoblación y defensa de las tierras. Otras interpretaciones de estos documentos dicen que la fortaleza no le fue dada y la compró Isnabert instalándose en ella y los alrededores con gentes con objeto de repoblarlo. En todo caso, parece ser que fue él quien edificó la torre. Un siglo después, a principio del siglo XII, los musulmanes la destruyeron.

En 1142 era señor del castillo Pere de Santa Oliva, casado con Dulce, quien guardaban fidelidad a otro noble mayor, Guillem de Santo Martí, señor de casi todas las tierras del Penedès, quienes, además de darle el castillo de Santa Oliva, le encargó la castellanía de los cuales ya existían, o iban a edificarse, en la zona comprendida desde las tierras del río Llobregat hasta el Garraf. En el que están de acuerdo todos los historiadores es que fue la familia Santa Oliva quien llevó el esplendor al castillo. Tanto fue así, que siglos después los habitantes de este interesante lugar dieron el nombre de Pere y Dulce a sus (cabezudos), en honor de esta noble familia. No faltaron los pleitos entre los propios cristianos, una vez conquistado el lugar a los musulmanes. El abad de Santo Cugat pleitea con los señores del castillo y una sentencia de la curia tarraconense confirma la posesión del castillo y su término a Guillem de San Martí, pero bajo el dominio del monasterio de Santo Cugat, con el que, de haber interpretado los datos correctamente, vemos que se crearía aquí un triple vasallaje, desventaja que recaería, con toda probabilidad, sobre los más débiles, los habitantes del término dedicados a la agricultura y la ganadería. En 1243 vemos de nuevo el apellido Santa Oliva, en la persona de Saurina, nombre que aparece junto al de Guillem de Terrassa. Ambos venden el lugar al monasterio junto con sus pertenencias. En cuanto a la iglesia de Santa Oliva, fue entregada por el obispo al Monasterio de Santo Cugat porque se instalaran sus monjes. El hijo de Pere, Berenguer, se hizo monje y llegó a ser abad de Santo Cugat. Los sucesores de Pere mantuvieron numerosos pleitos por la herencia y a partir del siglo XIV Santa Oliva fue perdiendo su poder hasta acabar, con la Desamortizació, en manos de los trabajadores de la tierra. La zona vieja se encuentra muy bueno restaurada. Abundan los edificios con interesantes detalles arquitectónicos y decorativos en piedra. También abunda la cerámica, con frases populares, como la fuente de la Virgen del Remedio, dónde puede leerse: “La fuente, como un río de llágrimes que montaña abajo s’esmuny corriente y moliente nos brota a glopades al pie del castillo”. Esta fuente, agua fresca té para el tuyo, para el mío y para el forastero.

La visita a este histórico lugar pasa necesariamente por el castillo, muy restaurado, propiedad particular, del que sólo es posible ver la fachada y, tratando de ser discretos, adentrarse por el arco, para visionar algo del interior. El castillo lleva adosada la Ermita del Remedio, por el que a esta fortaleza se la conoce también como Castell del Remedio. muy cerca mana una fuente que sirvió de lavadero. Es conveniente averiguar quien guarda la llave del monasterio de Santa Oliva, pues a nosotros no nos fue posible acceder al interior. La portada principal, románica, muy austera, con doble arco de medio punto y alfiz, se alarga hasta el campanario, con tres vacíos, dos bajos y un, más pequeño, coronando la fachada.